miércoles, 22 de agosto de 2007

Y si luego...?

EL TIPO murió como se debe. Aguantó una larga enfermedad, como dijo el diario de provincias, y exhaló el último aliento sin queja alguna. Antes vivió también como es debido. Jamás se divorció de la mujer con la que se casó. Bebió poco, aunque nunca dijo si lo hizo por salud o por otro imperativo de mayor calado. Hizo el amor por primera vez ni tarde ni pronto, según él, aunque nunca lo llamó de esta manera. Fue con su mujer, por supuesto, y jamás pensó en caer en los brazos de otra, aunque fuera una profesional y por mucho que le insistieron sus amigos. No timó al fisco aunque tampoco tuvo una palabra bonita a ninguna chica que pasara por su lado. Fue un tipo tranquilo que creyó desde siempre en lo mismo que habían creído sus seres más cercanos, quizá queridos. Pasó por el mundo de forma virtuosa y no hubo una sola persona que dijera jamás una cosa mala sobre él. Y además las hubo buenas. Cuando murió alguien que no fue ninguno de sus hijos afirmó: “Qué bueno que era”. Y otro más aseguró: “Dios lo acogerá en su seno”.
El tipo murió como se debe y pasó al más allá, donde los trámites para comenzar la vida eterna fueron extremadamente rápidos. Un contrato de inmortalidad que era necesario firmar dos veces si se deseaba formar parte de una existencia eterna ulterior explicaba en siete cláusulas que el condenado trabajaría como un condenado para los restos y serviría en el Cielo de los Condenados.
“Yo he sido bueno”, protestó.
“Otro más que no entendió un pimiento”, replicó la voz. “¿Firmas o no?”
“¿Qué pasa si no firmo?”
“Desapareces”.
El tipo sintió un sudor frío y sintió la eternidad por un segundo.
Luego borró el documento de WORD y comprobó que un 23 de agosto llovía en Londres lo mismo que si fuera un 17 de marzo en Madrid.
Oh tempora, oh mores.

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