miércoles, 9 de julio de 2008

Fiestaaaaaa

Recuerdo con cariño –pues el recuerdo siempre es piadoso- una fiesta a la que mis amigos y yo fuimos invitados en Madrid hará unos años. Como en cualquier fiesta, la cosa tuvo lo suyo de marketing: nadie en su sano juicio se creería a pies juntillas eso de que habrá súper modelos y un par de ex misses España.

Aún así, el cartel prometía y la noche tenía la pinta de cualquier speakeasy de Chicago en los años 30: bebida de importación, actuaciones en directo, surtido de drogas y chicas como en un paraíso del Islam. O más.

De todos es conocido lo que allí encontramos pero no está de más recordarlo: la sangría era escasa y el cazo, que no encajaba bien con el fondo del bol de cristal, dificultaba la tarea de recoger las últimas gotas de la última tanda de bebida. Mientras tanto, impolutas, dentro del mini bar del salón, descansaban una botella de Ron Negrita y otra de Passport, ajenas a la actuación con guitarra de cantautor de uno de los invitados a la fiesta (llámese música en directo). Alguien se fumó un porro y sí hubo chicas, pero se fueron largando a otras zonas de la noche madrileña siguiendo un patrón que no suele fallar en estas situaciones: primero se largó la que más prometía, pues de otro modo habría perdido su cercanías a Majadahonda. Luego se esfumó la más escotada: su novio la esperaba abajo con el dedo pegado al telefonillo. Arriba quedó el coro celestial de seguidoras de Ismael Serrano, mis amigos y yo.

Tampoco está de más decir que el Passport y el Negrita fueron nuestros al fin y al cabo. Que luego dimos las buenas noches y que nos largamos rapidito no sea que se fuera también nuestro cercanías, es decir, el lejanías de la casa del sopor.

La historia es tan vieja como la juerga en sí. Nosotros mismos, es harto probable, debamos nuestra existencia a un guateque y una decepción.

Lo que me reconforta de todo esto es que Londres no ha sido una excepción. Aquí, en una de esas ciudades del mundo que nunca duermen –las otras son Nueva York, Tel Aviv, Madrid, Las Vegas, Tokio, Barcelona, Hong Kong, Río de Janeiro, Buenos Aires y Alcalá Meco- he ido a fiestas que anticipaban heroína para los más sanos y en las que se ha acabado tomando té y pastitas.

Recuerdo también con cariño –pues el recuerdo es frágil y caprichoso- una fiesta en la que yo era huésped a la vez que anfitrión. O al menos así me sentía. Dos amigos habían venido a Londres a celebrar una de esas despedidas de soltero en la que las putas no entran dentro de lo planeado -quizá es simplemente que se escapan de presupuesto-. Dio la casualidad de que el mismo fin de semana fui invitado a una fiesta, una extraña celebración entre amigos que funcionaba como un homenaje al anfitrión a la vez que una preciosa ocasión para recaudar dinero para el homenajeado. Y me llevé allí a los de la despedida.

La filosofía del asunto tenía un toque sentimental que no se escapó a mi egoísmo y ganas de juerga. El anfitrión era un disable que tenía por condena vivir en una silla de ruedas y que se movía por la casa enchufado a una especie de catenaria. Si bien recuerdo vivía con su madre. Era artista o escritor, si es que lo segundo no entra como categoría dentro de lo primero.

La fiesta era para levantarse y aplaudir –el que pudiera, claro-. Ése fue el problema, que pronto surgió la guasa española, tan comprendida y saludable dentro de nuestras fronteras como rechazada en otras culturas, especialmente la británico-argentina, pues aquello era una especie de mestizaje surgido de la guerra de las Malvinas.
La fiesta funcionó bien aunque nosotros no acabamos de coger el tranquillo a lo del homenaje –por suerte ninguno de los españoles hicimos la rima de los cojones que se van de viaje-. Tampoco recuerdo si realizamos nuestro donativo correspondiente.

Coincidió también que uno de los invitados, muy pasado de cocaína –aquí al menos no hubo decepción-, se dejó la puerta de la calle abierta. Una puerta abierta en una fiesta en la que no para de entrar y salir gente no es algo que desentone. Tampoco desentonó el homeless –sin tetrabrik- que se coló primero al hall de la casa y, después, dado que nadie le cerró el paso, a la cocina, provista con un completo surtido de tuberías que conectan con el poderoso depósito del British Gas.

Reglas de oro en una fiesta: si alguien huele a gas, no pasa nada, es que la farlopa estaba demasiado cortada. Si dos huelen a gas, es probable que alguien se haya dejado el gas encendido un ratito. Pero si el que está dentro del baño tiene que salir por el tufo a propano, es probable que el gas se haya extendido por toda la casa.
¿Es que nadie ha tenido que ser desalojado de una fiesta porque un vagabundo ha dejado abierto la llave del gas?

El último truño al que he acudido lo sufrí hace un mes. Horas antes del fiestote, cuando pregunté qué debía llevar, si cenaba antes, si era mejor vino o ron, etc, etc, el cachondo de mi colega me dijo: “Simplemente, prepara el hígado”. Vaya. Nunca antes había oído una declaración de intenciones tan contundente. Y allí que acudí con mi pasaporte, morfina, un diccionario de árabe-inglés y después de haberme hecho un seguro de vida.

El amigo que me invitó tampoco podía prever de qué iba aquello. El día se centró principalmente en un torneo de tenis sobre hierba (si hubiera sido hierba sobre tenis habría sido más provechoso), al que, además, llegamos tarde.
Después, con la gente sudada y vestida de corto, hubo una encantadora barbacoa en la que los niños pastaban a su gusto y los padres discutían de política y ganchillo.

Yo disfruté mucho hablando con un señor de Gales. Bueno, nació en Gales hace 75 años. Luego se vino para Londres, donde conoció a su mujer y tuvo dos hijos, que acabaron por volver a Gales. Ahora, dice, apenas entiende a sus nietos en el que fuera su idioma natal! Fue un rato maravilloso, no podría negarlo, aunque me pilló un poco a trasmano. A su mujer no la conocí aunque alguien me dijo más tarde que tenía la casa decorada con mucho gusto para tener 70 años. Ah, pues sí, respondí yo.

Como el día había dado para mucho, la gente se fue yendo a eso de las 10 de la noche, es decir, unas dos horas después de que los tres españoles llegáramos a la fiesta. Quizá sea algo cultural. O lingüístico: la palabra española fiesta no es, ni por asomo, traducible a otro idioma.

Quizá debería acabar esto con una reflexión que deba agradecerse en el futuro: los 31 es una buenísima edad para retirarse. Porque tampoco es cuestión de quedarse a hacer el Romario hasta los 42. Sólo pido que en la última fiesta haya bebida de importación, actuaciones en directo, surtido de drogas y chicas como en un paraíso del Islam. O más.

jueves, 12 de junio de 2008

También

Cuando le dije que la vida eran grifos abiertos y cerrados, ventanas, puertas y bisagras que se abren y cierran a conciencia, yo no lo creía. ¡Sólo era un ejercicio de estilo mezclado con ganas de emocionar! Porque ella era de fácil emocionarse.

Ha pasado el tiempo y he visto que es así. Borras los móviles y olvidas los correos. Las caras, los olores, las bromas, los motes. Omnipresente Darwin: ahora con la amistad.

Pero paradoja, si algo nos ha enseñado la naturaleza es que la vida se abre camino. Lo dice Ian Malcolm en Parque Jurásico, y si no es verdad al menos mola como suena. La vida, las amistades, las personas, los móviles, los correos… con mucho sudor y tras una fase de turbulencias, vuelven al camino. Gracias Facebook.

Y entonces, cuando miras atrás, tienes detrás de ti multitudes (que te esperan afuera). Se mezclan, se cabalgan, juegan a píldora, se ven, se tocan y se cruzan en el rellano del ascensor.

Al final ni grifos ni llaves. Porque se te ha inundado la casa. Pero lo que permanece -y éste el pequeño grano- es una abrumadora sensación de frescura. Hay también un calor abrasador pero se agradece: acabas de salir del mar y te tumbas en la toalla algo calentito y con el frío haciendo de ti una gallina. Y te preguntas hasta cuando durará. Y qué harás cuando se acabe.

martes, 8 de enero de 2008

¿Dónde fueron las flores?

HOY AL volver del trabajo he maldecido mi prisa de las mañanas. Ese rato de multiactividad condensado en 17 minutos y medio en el que caliento la leche en el microondas, abro la ducha, preparo mi ropa, saludo a mi flatmate, lidio con los grifos para regular el agua, me seco, tropiezo al ponerme los calcetines, arde la leche entre mis dientes, me hago un borrador de peinado, cojo la tarjeta del metro y salgo de casa con pretensiones de llegar al trabajo en sólo siete minutos (un día llegué 45 segundos tarde; el resto… no).

He maldecido mi prisa porque he vuelto a olvidar algo de vital importancia. A veces son las llaves, otras la cartera, a veces me olvido las llaves del trabajo y otras el gorro anti-clima-londinense. Esta vez fue mi libro de Paul Auster.

Cien metros por debajo de los lavabos de Buckingham Palace, atascado en un tren del London Underground con otros seiscientos londinenses con periódicos gratuitos, Ipods, móviles, conversación en vivo y en directo o lectura o entretenimiento de cualquier tipo, he recordado que había olvidado en casa 'La Noche del Oráculo', la novela de Paul Auster que habla de un escritor que escribe sobre un editor que recibe un libro escrito hace sesenta años.

En ese momento ha empezado esta historia. El chico que iba a mi lado, tras oír por los altavoces del metro que la cosa iba para rato, ha sacado de su mochila una bolsita con forma rectangular. En ella, dos sobres. Y en los sobres, decenas de fotos de la Navidad, recién sacadas del horno, listas para ser vistas por primera vez. Por él y por mí mismo.

El pase ha sido un poco decepcionante al principio. Eran fotos de paisajes nevados y muchas otras panorámicas tiradas desde un coche, pues se veía mucha línea continua y discontinua en los márgenes, producto de un mal encuadre o, quizá, resultado de un vano intento por darle a la imagen un toque fresco o errabundo. En una tentativa algo vaga también, el momento había quedado congelado con excesiva ligereza, como si el fotógrafo hubiera disparado casi todo el carrete desde el confortable asiento del copiloto, foto tras foto, sin reparar demasiado si todos aquellos clics eran necesarios. Se veía a veces una chica conduciendo y la habitación de un motel de carretera con un par de fotos picaronas pero desenfocadas.

El tipo que aparecía en el camastro del hotel, unos días después, mientras era manoseado por sí mismo en mitad de una avería en el metro de Londres, debió de notar que alguien le observaba. O más bien que él era mirado, muchas horas antes, desnudo en medio de una cama en medio de un paisaje nevado.

Al girarse hacia mí ha comprobado –pues mis reflejos han sido automáticos y he cerrado los ojos al instante- que nadie estaba mirando sus aburridas fotos de Navidad, no al menos el tipo sentado hacia atrás en su butaca con los ojos cerrados. Impulsado quizá por este pensamiento, ha guardado el primer sobre y se ha echado para atrás en su asiento. Luego ha empezado a tocar con sus dedos la punta del segundo sobre. Dos cascabeles tintineaban: era un movimiento que tenía algo de consulta. Como si las yemas de sus dedos tuvieran que decidir si abrirlo o no. Como si dentro hubiera encerrada otra decepción.

La megafonía ha anunciado en ese instante que el metro que nos precedía en Green Park había sido reparado. De forma brusca, los motores se han encendido de nuevo. Y en un mecanismo en el que cada rueda es consecuencia del movimiento anterior, los dedos han abierto el sobre y han dejado ver una sola fotografía, una vieja e incómoda fotografía color sepia.

Era la imagen de un hombre de unos cuarenta años que hoy, he calculado sin ninguna base, podría alcanzar los setenta u ochenta. No podría decirse si se parecía al tipo que manoseaba ahora la imagen -pues el perfil de una persona es algo muy diferente a su imagen de cara a una lente- y que pasaba sus dedos por el traje militar del fotografiado, por su sable, jugueteando con la silueta del perro que se dejaba acariciar por un guante de cuero.

Un poco antes de llegar a Victoria, el movimiento fantasmal por la superficie de la copia en sepia se ha detenido en un borde. En un espasmo, y ayudado por la otra mano, ha rasgado la fotografía medio centímetro. El tipo ha guardado de nuevo la imagen en el sobre y entonces, todo ira y determinación, ha partido al militar en dos pedazos. La ha dejado encima de su asiento y se ha marchado por el andén de la estación.

Petrificado por la rabia contenida en un segundo que contenía más de tres décadas –tal vez fuera sólo incertidumbre-, he dejado que las puertas del metro se cerraran y me he quedado dentro del vagón, mirando un sobre que en nada aparentaba que dentro hubiera un militar con un perro partido por la mitad.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Pasando página

el oficinismo aprieta...
(pero no ahoga)


Los museos son ese lugar donde el aficionado al fútbol se venga de todos los comentarios estúpidos que ha soportado en su vida de forofo, de los cuales están en el Top Ten "vaya chut", "qué golazo" (comentado de un penalti), o "el árbitro es que va con ellos".

A veces, simplemente, le duelen los oídos de oír cosas como "pero vengaaaaaa" o "pásalaaaaaaá" (única palabra del español con dos acentos). El aficionado al fútbol ha crecido con una hermana, tuvo una novia a los doce años que le pelaba los pistachos mientras veían el partido del Plus o, ya crecidito, soporta por jefa a una apasionada de los comentarios de lunes sobre la jornada liguera (al principio decía ligera).

"Cómo se pone la Liga ehhhhhh Jose?" dice mientras se frota las manos. "A Casillas se le va a caer un día el larguero en la cabeza". "Si es que el Madrid no sabe atacar". "Son todos unos mercenarios". La insoportable levedad del rival pequeño. El gol, el arco iris y la madre que parió al que democratizó este deporte.

El lunes es, sin duda, el peor día de la semana para el aficionado al fútbol, gane o pierda su equipo.

Por eso, decía, el día que el aficionado al fútbol acude a un museo lo hace con todo su arsenal. Aún no se sabe por qué, pero arremete contra el arte. Podría pagarla con los parquímetros, con los conductores del metro, con los taxistas, los peatones, las cajeras del DIA, los peluqueros que te dan palique, las cajeras del DIA que no te devuelven el céntimo, con el presidente de la comunidad o con el vecino de arriba (el pobre, su único pecado es tener un pie ortopédico).

Pero no. Espera y espera. Y un día, en Londres, el más lluvioso del mes de diciembre, cuando las salas están a tope, ejecuta su pequeño golpe terrorista.

Como es Londres, como es gratis, como hace calorcito… los museos de la ciudad estallan de españoles. Y así oyes repetidas veces, en distintas salas, cosas como: "esto ya lo pintaba yo de pequeño y no me hacían una biografía", "¿el extintor es parte del catálogo?" o el típico caso de la pintura dibujada por un primate y dejada en ARCO, donde los eruditos paseantes se deslumbraban ante tanta belleza.

He ahí un aficionado al fútbol. Ni siquiera se cree lo que dice, pero sabe que jode. Ahí reside su inteligencia. Sabe que opinar del color y de la composición con ligereza viene a ser como decir que el achique de espacios lo inventó Javier Clemente, que criticar el minimalismo es como decir que Guti sólo sirve para las segundas partes.

El aficionado al fútbol es un tipo tan agudo que no es comisario del Reina Sofía porque le parece pedante.

…

Los museos son ese cajón desastre donde acaba en una tarde de sábado el que se resguarda de la lluvia, el pedante, el obligado, el que cree que no pasar por la British es no conocer el esplendor del Imperio Británico, el que se mea, el que quiere ver la Venus del Espejo y largarse, el que es o tiene complejo de Woody Allen.

Pero también el mirón, el que se deja mirar, el tipo que realizó la obra expuesta, el fotografiado y la madre del fotógrafo.

En este recuento me encontraba yo en la cola de la exposición How we are?, una especie de resumen a lo Estudio Estadio de la fotografía británica desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Yo me creo que cuando voy a una exposición es porque me atrae el artista. Pero una vez dentro caigo en que vuelvo por lo de siempre: me encanta mirar al que mira. Recontravoyeurismo. Y ahí el espacio de una exposición se va convirtiendo en las salas de una discoteca. Es inevitable.

Por lo general, sueles echar el ojo a alguna tía que esté a tu alrededor para hacer la exposición a su ritmo. Rápidamente la descartas, porque te parece fea, o más pedante que tú, o menos. Poco importa: la fluidez de entrada del público es rápida y la especie se regenera con ligereza.

La evolución de la muestra en las paredes se confunde con la evolución de tu target dentro del público. Esto te puede obligar a pasarte un buen rato delante de un cuadro que no te interesa lo más mínimo. Por lo general, es un bodegón. Como estoy en una exposición de fotografía, me tiro un rato larguísimo viendo unas láminas minúsculas de la década de los 80 (de la década de los 80 del siglo XIX) hasta que la croata que viene por detrás se pone a mi lado.

Ya estamos a la par. Podemos ver toda la exposición juntitos, haciéndonos comentarios mudos sobre esta imagen y sobre esta otra. Cuál quedará mejor en el salón y otros planes de futuro. Cuando llegamos al siglo XX aparece su novio brasileño que había ido al servicio. Con las manos aún mojadas agarra el culo de la croata y le da un beso en la mejilla. Le comenta que había cola en el baño y que por eso ha tardado tanto. Que ya se verá el siglo XIX en otro momento. Qué listos son los brasileños. He aquí otro aficionado al fútbol.

Así que vuelta a empezar. Echas un vistazo a la sala y encuentras a una estudiante de Bellas Artes tomando unos apuntes. Cuando llego a ella unas notas infernales salidas de su IPod me echan para atrás: la cachonda de la norteamericana es demasiado soez incluso para ti.

Por el lado del neorrealismo aparece una chica normalita que pasea al lado de su madre, de genes parecidos aunque más desgastados por el paso del tiempo: son dos polacas que han jurado no separarse nunca jamás.

Ya aburrido, cuando estaban a punto de cerrar las puertas, caí en la cuenta de que nadie había posado su atención en mí. Mi barba de trece días y mi aspecto de repartidor de periódicos gratuitos no ayudaban, pero eso no evitó que me sintiera como una obrita poco apreciada.

Entonces apareció una chica de senos minimalistas y movimientos surreales alrededor de una ruta inventada sin patrón ni sentido alguno. La chica, llamémosla Gala, miraba con atención los títulos de las fotos -muchas de ellas "Sin título"-, buscaba detalles y se ponía la mano en la barbilla.

En décimas de segundo me mira y vuelve la vista a la pared. Entonces comprendo: estoy siendo monitorizado. La chica no es gran cosa pero ya se ha hecho de noche y es casi Navidad. Se me ocurre que un café en la cafetería del museo será mi buena acción del día con Gala, estudiante de Erasmus francesa que aún no conoce a nadie en la ciudad.

− Hey gorgeous, I noticed you were looking around, I buy you a coffee if you tell me your name− comenté con seguridad, sin mirarla, prestando atención a la última imagen de la exposición.
− What the hell agg you?− contestó ella con acento parisino.

La tipa, moderna, segura de sí misma y quizá lesbiana. Eso sí, francesa de los pies a la cabeza.



Mañana se disputa el Grand Slam Sunday: Liverpool-Manchester United y Arsenal-Chelsea.

domingo, 18 de noviembre de 2007

La pujanza de los García

El apellido más popular en España ya se ha convertido en el octavo más frecuente en Estados Unidos (ELMUNDO).

CARLOS FRESNEDA. CorresponsalNUEVA YORK.- Jeff García, el famoso quarterback de los Bucaneros de Tampa, se siente más que nunca como en casa. Y también Alex Rodríguez, el tercera base de los Yankees de Nueva York, negociando como está su contrato histórico de 275 millones de dólares para los próximos 10 años.

Lo dicho: García y Rodríguez figuran ya entre los 10 apellidos más comunes en EEUU, el octavo y el noveno exactamente, abriéndose paso entre los Davis y los Wilson, que pronto serán desbancados por el ascenso irresistible de los Martínez. Hernández, López y González se han colado también entre los 25 principales. Pero el gran mérito es de los García, que por algo son también mayoría en España. El flujo incesante de inmigrantes en los años 90 -con un aumento del 58% de la población hispana en el país- está detrás del fenómeno que ya se había detectado en ciudades como Nueva York, Miami o Los Angeles, pero que nunca había tenido un impacto tan evidente en la vasta geografía de EEUU.
«Los Garcías están cogiendo a los Jones», advertía ayer en portada The New York Times, que dio una gran relevancia a la pujanza de los apellidos hispanos, fiel reflejo de los grandes cambios demográficos que han convertido Estados Unidos en la segunda nación hispana, por detrás de México y por delante de España, Colombia y Argentina.

A primeros de los 90, los García hacían el número 18 y los Rodríguez el número 22 en el ranking de apellidos estadounidenses. Ahora llegan ya, respectivamente, a los 858.289 y a los 804.240. Por primera vez figuran en el top ten y la tendencia es a ir comiéndole el terreno a los siete apellidos anglos que siguen mandando.

martes, 23 de octubre de 2007

lunes, 22 de octubre de 2007

¡Yo soy su negro!

No he podido aguantarlo. Me estaba comiendo por dentro. Hoy digo públicamente que yo..., ¡yo!, escribí el libro de Sánchez de Dragó.

Y hago otra confesión, el verdadero escritor de este blog es... el propio Fernando Sánchez Dragó.

Más o menos, es lo que este tipo viene a confesarle a Ana Botella, otra a la que le va el renegror, por cierto.

Sencillamente maravilloso:

http://www.cuatro.com/videos/index.html?xref=20070927ctoultpro_11.Ves&view=ver

Esto lo publicó El Periódico de Catalunya hace unos días:

El libro en cuestión es Libertad, fraternidad, desigualdad. Derechazos, que publicó Áltera en mayo. Los comentarios de Sánchez Dragó confirman que el ensayo no nace de un diálogo "palpitante y ameno" entre el autor y su amigo Antonio Ruiz Vega, como indica la solapa, sino que es en realidad un trabajo en solitario de este último a partir de textos ya publicados."Es una entrevista imaginaria de un colaborador mío, entonces se contesta con trozos de mis obras, con declaraciones", explica el autor, que define el resultado como "muy liberal y muy extravagante", y recuerda que tanto Aznar como Botella aparecen en él varias veces, cosa que aprovecha para pedirle a su entrevistada que interceda por él "ante el altísimo", o lo que es lo mismo, para que Aznar acuda a su programa. La teniente de alcalde no se muestra muy receptiva a la petición del autor y alega que su marido viaja mucho.
En el vídeo, Sánchez Dragó culpabiliza a sus muchas ocupaciones de no haber podido dedicarse a la elaboración del libro, pero ello no le impide, tal y como dice, trasladarse a Castilfrío de la Sierra (Soria) tres días a la semana. También alardea de vitalidad --"71 años y tres baipases"--, así como de practicar 25 kilómetros en bicicleta a diario. "Parezco José María Aznar jugando al pádel", compara.

Por último, recordemos a un Sánchez Dragó más humano en el enénimo aniversario del Milenarismo:

http://www.youtube.com/watch?v=xVMSrqtsAow

domingo, 21 de octubre de 2007

Garcia Productions

Es decir, mi hermana agarciada.

http://www.leesmij.nu/leesstaal/

Trata de un maestro que explica que a los niños hay que encenderlos por la mañana, explica un día aprenderán -como yo- las capitales europeas y el día a día en la escuela.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Twenty four (party, hours, seven...)


Los científicos aún no han podido explicar la existencia del tiempo. Lo intuyen, piensan en él, se quedan sobaos y, luego al despertar, ven que la manecilla ha avanzado unos cuarenta minutos. Pero nada, no les parece suficiente. Lo mismo pasa con el azar. Y, sin embargo, existen sospechosos indicios que nos hacen presuponer la existencia de ambos. Al menos para el mortal menos riguroso. Por eso el marido le dice a su parienta: "¿Cuántas putas horas llevas en el baño?" mientras otro dice en un bar: "Pero qué potra tiene el Madrid".

El pasado fin de semana yo experimenté dos sensaciones, las dos en un mismo espacio-tiempo, que me hicieron creer en ambas magnitudes, dimensiones o lo que hostias sean el tiempo y el azar –confirmado ya como está por la comunidad científica internacional lo que es el espacio, es decir, unos 30 metros cuadrados en el barrio de Lavapiés-.

El caso. Volvía de tomar unas pintas con Cristina y Ovidio, durante las cuales habíamos debatido con acierto acerca de la capacidad del cuerpo humano sin lo que viene a ser follar. Una variable que, en ningún caso, tiende a infinito.



Tras las impagables conclusiones, volví a casa satisfecho, modo aneuronal. Era tarde, las tres de la mañana. Así que no pude oponer resistencia al sueño y caí dormido en pleno 24, el autobús que lleva a mi casa, el Bus Perfecto, como lo bautizamos Chuchi y yo cuando vino a visitarme hace unos meses.

Y luego me despertó un ángel. Noté un toquecito en el hombro y un resuello abrasador. Era éste un ángel rubio, y de tener sexo habría sido femenino, pensé. Más despierto caí en la cuenta de que no era un ángel sino la tipa más preciosa que jamás haya pisado la ruta que va desde Hampstead hasta Pimlico, el recorrido del 24.

Suzzane (así la bauticé) esperó unos segundos y me preguntó la hora. A mí. Había a mi alrededor más gente pero ella me preguntó a mí, allí dormido y con mi muñeca desnuda. ¿Tendría yo cara de saber mejor que nadie la hora y la franja horaria en la que nos encontrábamos de acuerdo con el Meridiano de Greenwich? Supongo que no, así que lo achaqué al azar. Al más puro y bendito azar.

Me recreé. La miré y sonreí a sus clarísimos ojos mientras sacaba el móvil de mi bolsillo, pues no tenía reloj. Justo en ese momento, cuando el bus arrancaba de una parada cerca de Trafalgar Square, alguien golpeó con fuerza en el cristal. Toc toc toc. Era una especie de Steven Gerrard borracho que corría a la vez que el autobús mientras lo golpeaba diabólicamente. Yo seguí sonriendo a la chica, tratando de centrarnos de nuevo en lo de la hora, los relojes y las correas. Ella, sin embargo, acudió a la llamada que venía de fuera y miró hacia el chaval.

Entonces Gerrard se llevó las dos manos a la boca y realizó un cunnilingus imaginario. Sí, este gesto en el que pones las dos manos en forma de triángulo alrededor de la boca. Tu lengua, en un gesto muy desagradable, hace el resto. Así que ahí estaba yo, con el móvil a medio sacar, pensando en el fijo, mientras una suerte de Carlos Jesús Inglés le decía a mi querubín "raticulín fiusz fiusz" y otras guarradas poco traducibles.

Suzzane, asqueada ante tanta grosería, cogió su bolso y se subió al segundo piso del autobús 24, dirección nowhere, no time.

Gerrard se dio un hostiazo con la siguiente farola aunque eso no me sirvió de consuelo, toda vez que el muy hooligan siguió retorciéndose de risa en el suelo. Cuando el bus doblaba la esquina me pareció verlo enrollándose con la farola, aunque es probable que se estuviera electrocutando.

Sólo me quedaba esperar en la escalera a que Suzzane bajase del segundo piso en su camino a casa. Si me atrevería a decirle algo o si me parecería adecuado abordarla dado lo tarde, el desconocimiento mutuo y la cultura de los ángeles anglosajones era otra cosa. El 24 llegó a Pimlico y el bus se quedó vacío. El conductor me miró con cara de lárgate y yo le grité que one second mientras subía de dos en tres peldaños las escaleras al segundo piso, donde no encontré a nadie.

Llegué a casa pensando que habían pasado 40 minutos aunque quizá, concluí, no hubiera pasado nada, ni tiempo ni azar.

lunes, 15 de octubre de 2007

Millás

Millás gana el Premio Planeta.

Yo lo celebro con su columna de EL PAIS que más me gusta:

El Móvil

El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí a la llamada. Una voz de mujer, al otro lado preguntó: "¿Dónde estás?" "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?" "Voy a la oficina." La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible, y colgó.

Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velázquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. "Seguirás en el autobús, ¿no?" dijo con voz incrédula. "Sí", respondí. Imaginé que hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco, con encajes. Al enjugarse las lágrimas se deslizó el tirante del hombro derecho, y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. "¿Con quién estás?", preguntó angustiada. "Con nadie", dije. "¿Y esa tos?" "Es de una pasajera del autobús". Tras unos segundos añadió con voz firme: "Me voy a suicidar; si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo". Miré a mi alrededor; todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. "Te quiero", dije y colgué.

Dos calles más allá sonó otra vez: "¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi móvil?", preguntó una voz masculina. "Sí", dije tragando saliva. "¿Me lo vas a devolver?" "No", respondí. Al poco, lo dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.

jueves, 11 de octubre de 2007

31st December




Batallitas

La tarde que entrevisté a Keira Knightley llevaba sólo diez días en Londres. Aún no comprendía bien la diferencia entre un macchiato y un capuccino y dudaba si el Starbucks tendría en cuenta este factor a la hora de contratarme. Aún no he podido comprobarlo, con la ventaja que supone eso para mi calidad de vida y la de miles de ingleses adictos al café.
Recuerdo también que estaba cerca el 1 de abril, cumpleaños de mi amigo Gómez***. De camino a mi encuentro con KK llamé por teléfono a Manolo, que entonces vivía con él en un piso de estudiantes treintañeros.
Lolo me comentó que en unos días sería el cumpleaños de Gomecienne y que qué acojonante, vas a entrevistar a Keira Knightley, ¿ésa quien es?, ah la pirata del Caribe, vale, joder, pues ésa le gusta al Gómez, pídele que te grabe un happy birthday pal gómez o algo.
Claro, claro, Lolo, lo haré sin duda, le dije.
Cuando colgué pensé que Manolo había perdido la cabeza si pensaba que iba a pedirle eso a Keira. Pues no tenía yo otra cosa que hacer.
Mis intenciones estaban más cerca de pasarle mi teléfono en una nota dentro de unos bombones o sobornar al botones para que me dijera su nombre en clave en el hotel, tipo Matahari o Cleopatra.

Seamos honestos, ni entrevisté a Keira ni leches. Me soltaron al lado de once tipos en una mesa redonda y allí mismo la acribillamos a preguntas. Aún así, de camino al hotel tejí una fantasía en mi cabeza con diferentes finales, al más puro estilo Wayne`s World, todos ellos parecidos a cosas que le pasan a Hugh Grant con Julia Roberts en Notting Hill.
El hotel donde conocí y enfadé a Keira Knightley era, de hecho, clavado al de aquella película. Y aún hoy me queda la duda de si sería el mismo y hasta si podría haber pasado algo entre Keira y yo de no haberme mostrado tan impertinente aquella tarde.
Éstas palabras las escribí para desahogarme aquellos días y comienzan con una cita que me escribió por entonces mi ex compañero de piso Jeremy, conocido por muchos, buscado por Wendy.

I had nothing to offer anybody except my own confusion – Jack Kerouac

Yo no tengo más que ofrecer que mis propias experiencias.

En menos de treinta minutos había sucedido todo. El lugar: el Hotel Mandarin Oriental de Londres. La hora: la del té. Tea time. Toma tres tazas. ¿Te tuteo? Toma asiento en el tatami. La t, todo un carácter.

Me situé delante de los porteros del hotel y les dije que venía a una round table con Kira Naili, que es la Kira Miró inglesa, la musa de Kupra. La k, otra de las grandes, la letra de Txampa, el Jack Kerouac español. “Hola amigos, he quedado con Keira”, les dije con tono de borracho feliz. De hecho, cualquier persona que se cruzara en mi camino recibía esta información: "Vengo a una round table con KK". "Vale, yo voy a vaciar los ceniceros".
Todo se debía al hecho de que en el Hotel Mandarin Oriental en cuanto te distraías un poco perdías la perspectiva de lo que ibas a hacer allí. Y perdida la perspectiva, perdías la seguridad.

Lo que iba a hacer yo allí era una entrevista con la susoredicha, acompañado de otros cuantos periodistas venidos de los siete mares a ver qué intimidades tenía que contarnos KK en relación con el rodaje de Piratas del Caribe III (interés cero en la escala Jorge Javier Vázquez) o en relación con su postura favorita y si duerme desnuda o con chanel número 5 (interés cien).
Me sentía yo el protagonista de Notting Hill en todo aquello. De hecho planché mi mejor americana para la ocasión (la única que encontré en mi armario). En una round table de cuatro siempre hay posibilidades de acercamiento ¿no? Pues un poquito de Channel también. A por ellos.

La intimidad soñada, sin embargo, y mi mirada felina en una entrevista más cercana se vinieron abajo en cuanto me explicaron que todo iba fatal, que no cumplían el horario previsto y que o arreamos o se jode el invento. El gozo y el pozo. Los gozos y las sombras. La maldición de la perla negra. Por una cuestión de periodismo de economato nos juntaron a 4 x 3 = 12 periodistas. Un dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez once doce uuuuuuuuu uh, ¡doce!

Nos presentaron a todos en una sala en la que servían café templado, momento en el que decidí que trataría de evitar por todos los medios coincidir en la mesa redonda con esa periodista infumable de una revista holandesa, ilusionadísima ella en que nos juntaran a las revistas del glamour para hacer todas las preguntas con más glamour. Y puso un ejemplo: lo primero que voy a preguntarle será cuál es su lipstick favorito. Cacho lesbiana.

La holandesa se desinfló ante la presencia de Keira y no abrió la boca en todo el rato que estuvimos allí. Yo al principio lo mismo. Me sentía como el becario de una revista de ajedrez preguntándose si la Keira se enrocaba antes o después del primer jaque.
Sencillamente, era imposible entrar en ese torbellino de preguntas y respuestas. Era como si hubieran acordado de antemano un diálogo. Así que mantenía el tipo como podía comprobando que la grabadora estaba haciendo su trabajo. Toc toc toc, grabando. No te preocupes chaval, que eres todo un profesional.

Cómo introduciría una de las 10 preguntas que traía en la mochila en aquel absurdo partido de tenis a trece me parecía inimaginable. Pero de repente hubo un pequeño silencio. La periodista brasileña dudó. El alemán dejó de preguntar gilipolleces sobre Jerry Bruckheimer. El francés había recibido un hachazo de Keira unos segundos antes. Nadie parecía dar el relevo...

Así que de repente, sin quererlo, me encontré diciendo estas palabras: "Keira... sabemos que vives con tu hermano..." Ella me interrumpió: “yessssss” (¿se puede ser pija con un monosílabo? Sí). Continué: “Eres la británica más sexy del momento... 22 años... una ciudad como Londres... ¿vivir con tu hermano… no le quita un poco de glamour a tu personaje?"Zas Zas. El signo del zorro. El español atacó cuando menos se esperaba. La brasileña se puso colorada, el alemán sonrió –tiene cojones el hispano-, el japonés le preguntó a una colombiana si había oído lo que había oído. La holandesa no aguantó el esfínter y se le escapó un pedete.

Por su parte, Keira dibujó una kara merecedora de oscar. Había rabia, indignación, ira. Pero sobretodo estupefacción. Supongo que hasta entonces le habían dicho de todo. Pero jamás, jamás jamás un periodista con un inglés tan pobre y lamentable, tan ¿dónde hostias y quién te ha enseñado así a hablar mi lengua? le había insinuado que vivir con su hermanísimo adolecía de cierto toque y clase.

“Whaaaaaaat?”
“I mean, you know, I don’t want to bother you but… you know, your brother, you, the fashion, the oysters in vinegar…”, no sé muy bien cómo reelaboré la pregunta pero sonó peor aún que la primera vez, razón por la que ella se enfadó todavía más. “No, dime tú con quién debo vivir, Sois vosotros los que decís qué es glamour y qué no”, dijo, y unas cuantas cosas más a las que no le faltaban sentido, ciertamente.

Luego Keira reculó, mostró su cara B, la que ofrece la mayoría de los días a los medios y dijo que su hermano era muy nice. También bromeó: "Es limpio".
Jajajajajajajaja.
La holandesa ahí dejó escapar una carcajada que era antes un necesito reventar por donde pueda porque se me escapa otro pedo. La tensión del directo, compañeros.

La entrevista siguió nuevos derroteros y yo realicé otro par de preguntas, inigualables en calidad y tensión hitchcockiana con la primera. Aún así, Keira me sonrió cuando le pregunté si era cierto que en su próxima película –The best time of our lives- tiene una escena de sexo con Sienna Millar. No, dijo ella. Pero te has leído el guión, pregunté yo. Sí, concedió agotada.

Ésa fue la última pregunta. Quizá la siguiente habría sido para la holandesa, que se fue sin saber cuál era el lipstick favorito de la KK. Keira se largó con viento fresco y no me dedicó una última mirada. Supongo que no quería que se notara el odio, tan cercano como sentimiento al amor apasionado.

Como Hugh Grant a mitad de Notting Hill, de momento me mantengo mirando las portadas de las revistas y pensando si debería haber intentado lo de los bombones.

*** Los tres asteriscos representan el hotel y restaurante que ha abierto Gómez en Ávila, un lugar donde se come genial y mejor se duerme. Lo sé porque he hecho lo primero y he imaginado lo segundo. Si alguna vez vais a Ávila no dudéis en acudir.

Hotel Las Leyendas. Restaurante La Bruja.

miércoles, 10 de octubre de 2007

España se rompe 2 (otra de universos paralelos)

Pues me vais a llamar coñazo una semana más...
Pero yo al Iñaki lo planto en mi blog porque es que es un puto crack.
Y porque con mucha más gracia que yo nos canta las verdades del barquero (como decía el otro garcía):

http://www.cuatro.com/videos/index.html?xref=20071003ctoultnot_5.Ves&view=baja

Por si te ha parecido poco... (Rajoy also starred)

http://www.cuatro.com/videos/index.html?xref=20071010ctoultnot_5.Ves&view=alta

viernes, 28 de septiembre de 2007

La ciudad roída

TRAS CASI tres mil años de atropellada historia, Palermo se sacude cada día como un pequeño volcán urbano que entra en erupción a las 7 de la mañana. Los conductores más temerarios de Europa, los tenderos más gritones y las madres más alborotadoras despiertan al visitante y le invitan a recorrer una ciudad roída por su historia, anquilosada en el presente y dubitativa en su futuro. El destino de la ciudad se paró hace tiempo. Y aún así, se oye a lo lejos un ruido de tuercas y turbinas de incierto significado. Palermo, como el Etna, el volcán que descansa en la otra vertiente de la isla de Sicilia, avanza y se tambalea a base de sacudidas históricas.


***


Palermo se sitúa en esa categoría de ciudades mediterráneas vocingleras: en la parte vieja de la ciudad son constantes los pitos de los coches y las motos, el ruido de motores de diferentes clases con la necesidad imperiosa de una revisión. De hecho es habitual ver a un palermitano arreglar su macchina o motocicletta en un garaje que también necesita una amplia mejora. Todo, o casi todo en Palermo requiere un arreglo. Y sin embargo el descosido arquitectónico en la zona vieja ofrece un aroma a pasado que dota a la ciudad de una poderosa atracción.

Si Palermo existiera hoy en un estado de conservación ideal sería simplemente fulgurante. La vista desde el Monte Pellegrino ofrecería una desordenada consecución de palacetes, iglesias y teatros romanos, árabes, normandos, románicos, góticos, renacentistas, barrocos…
Muy lejos de eso, la antigua ciudad fenicia de Zyz se conforma con ser una alocada trama de calles con escombros en el suelo y vestigios de lo que pudo ser haber sido sumados todos sus pasados.


Impresiona esta cantidad de santuarios esparcidos aquí y allá. “A veces es imposible reconstruirlos, dice Florinda, una traductora. “¡Ni siquiera se sabe quiénes son los dueños!” La chiesa di Santa Catarina, un antiguo monasterio dominico del Trecento, estuvo cerrada casi 40 años porque no existía una persona que la abriera cada día. ¡Nadie se preocupó de contratar un encargado!

La capital de la Sicilia es el joyero de una vieja diva, demasiado mayor para reordenar tanta reliquia suelta. Impresiona, en concreto, el mercado de Capo. Poseído por los cientos de pescaderos que trepanan cada día el oído de sus vecinos y clientes, tiene secuestrado en su corazón una impresionante perla del Barroco, la Inmaculata Concepcione al Capo. Cuando abres los ojos te encuentras con una reluciente estructura de mármoles, frescos y columnas salomónicas. Si los cierras, oyes el silencio que tiene atrapado entre sus paredes.

Fuera de la Inmaculada todo es de nuevo decibelios y agitación. Cada esquina es una pintura costumbrista o una escena filmada por Roberto Benigni. La ciudad acoge una actividad incesante en sus calles, un movimiento constante a pequeña escala: conversaciones de balcón a balcón, paquetería a la vuelta de la esquina, reparto entre el laberinto de calles que forman los mercados de Ballaró, Vucciria o Capo. Como todas las mediterráneas, la ciudad encierra cierta dosis de sorpresa, llámese caos. ¿Es esto un parking o la entrada de una iglesia? El número de objetos inesperados o imágenes pintorescas es también incontable. Tan pronto ves a cuatro ocupantes a bordo de una vespa como una procesión por sus calles siguiendo a un muerto en el mejor estilo de El Padrino.
Camas, camastros, sillas, somieres, carritos aparecen y desaparecen al azar por las calles, algunas de ellas temáticas, como aquella donde sólo se venden parrillas y fogones. En otra, no se conoce la razón, sólo hay copisterías y servicios fúnebres.

El carácter de la ciudad se percibe también al volante de un automóvil. Sorprende que en una ciudad con escasa cultura del intermitente cualquier cosa sea permisible encima de una moto. En una vespa, se come mazorca, se lleva una vara de dos metros, un televisor, se habla por el móvil, se grita o se suena el claxon. Pero rara vez se da el intermitente.

Los conductores cogen la aspiración al piloto que va delante, se ponen a rebufo, adelantan en la frenada y hacen lo que les viene en gana hasta que hace su aparición el safety car, en una competición que aúna a motos, coches y otros aparatos susceptibles de ser conducidos. En estas condiciones, no dar el intermitente es, realmente, una decisión muy personal.


Y aunque no es Londres o Madrid, la gran extensión entre los dos riscos que delimitan Palermo y el precario sistema de transportes obligan al palermitano a acceder al centro con un coche propio, por lo general pequeño. En ninguna otra ciudad europea se puede contemplar semejante legión de Fiat 500 y 126, los moldes italianos de los hispanos SEAT Seiscientos y SEAT 127. Hay atascos, sí, pero de vespas, camionetas, seiscientos, Seats del pasado y algún que otro Lancia Ypsilon.

Cada día, los reyes españoles Felipe II, Felipe III y Felipe IV y el emperador Carlos V presencian cómo el desastre urbanístico está a punto de suceder bajo sus pies. Es el Quatro Canti, o las cuatro esquinas, barroco enclave de las dos arterias más importantes de la ciudad, la vía Maqueda y la vía Vittorio Emmanuelle, en la que cuatro semáforos sirven de tenue orientación a los conductores palermitanos. Con dos o tres grandes arterias saneadas y un sinfín de callejuelas que no parecen pertenecer al mismo sistema sanguíneo, Palermo, podría decirse, es una ciudad tranquila que cada día se asoma al mismo caos.


Con todo, la ciudad tiene un punto de estrés que sintoniza muy bien con otro muy distinto de pachorra y calma y que alcanza su punto álgido a la hora de la siesta, u horas, pues es del gusto palermitano hacer una siesta larga, tal vez una costumbre heredada del pasado español en esta tierra.


***


Lo irónico de una ciudad tan sonora es su silencio como lacra. La omertá –la ley del silencio- reprime aún a una sociedad que no se muestra unánime ante su problema más universal, la mafia.

Florinda habla de una cultura de favores que tanto dañe le hace a Sicilia. “Aquí ya no hay una mafia de extorsión o asesinatos, hay un sistema de favores y amiguismo, y así las cosas no pueden funcionar”. Pero Florinda percibe leves y esperanzadores cambios. “Antes el jefe contrataba una persona ‘recomendada’ y lo situaba en un puesto para el que no valía. Ahora sigue contratándolo, porque debe un favor, pero también contrata a una persona que haga bien el trabajo. ¡Algo es algo!”

Parte del problema es que el cambio necesita de una mentalidad de progreso que no abunda entre los sicilianos. El cantante Franco Battiato ya afirmó en su día que Sicilia lleva su maldición a cuestas. Como isla, está condenada a hundirse sobre sus raíces. La cultura de la isola italiana deja caer el mito de que el siciliano es ya perfecto, ¿para qué cambiar entonces? El viejo tira y afloja entre el progreso y el orden de cosas de siempre. La ciudad tiene su encanto en la decadencia, es cierto, pero Agostino, un ingeniero que está aprendiendo inglés para salir de la isla, cree que sería mucho más atractiva al visitante si mejoraran ciertas cosas. “¿Es eso posible?”, se pregunta.
Primero, cree, hay mucha pereza. Segundo, mucha burocracia. Y tercero, empantanada entre la burocracia, o como causante de la misma, está la mafia. Tiziana, su profesora de inglés, apoya este argumento vox populi. “La mafia sigue existiendo pero ahora viste corbata y trabaja en los bancos”.

Pero sí hay un run-run del cambio. Las pintadas de antaño en las paredes se han constituido en reacciones populares más contundentes. La escenografía se ha sofisticado. Hoy por fin hay una organización para sacudirse la mafia de encima, el comité Addio Pizzo.

Addio Pizzo surgió en medio de unas copas. La página web de la organización lo explica así: Todo empezó una noche entre amigos, en el verano del año 2004. Fantaseaban con la idea de abrir un bar de copas. De repente uno dijo: “¿y si nos piden el pizzo?”. En Sicilia, la extorsión se llama así: pizzo. Es el sistema con el cual la mafia impone su tasa y controla el territorio. Al día siguiente, Palermo se levantó con muros, farolas y cabinas telefónicas llenas de estos adhesivos:


Lo que está escrito significa: “Un pueblo entero que paga el pizzo es un pueblo sin dignidad”. Inesperadamente, la ciudad pareció levantarse y reaccionar. Alrededor de los chicos que pegaron los primeros adhesivos se juntaron progresivamente jóvenes que compartían la misma idea: mientras se siga pagando el pizzo, no seremos libres. Porque si mi panadero paga el pizzo, yo también, cuando compro el pan, dejo una parte de mi dinero a la mafia, y me someto a ella. Así nació el comité Addiopizzo". Http://www.addiopizzo.org/

¿Y qué pasa si no se paga? “Bueno, de primeras no se toma bien”, dice Florinda”, pero las medidas no son drásticas. Te llaman por teléfono o te ponen silicona en la entrada de la tienda. Tratan de asustarte. Si en el siguiente pago vuelves a fallar es posible que pasen a otro tipo de acciones”.


El comité trabaja en la actualidad tratando de impedir la conmutación de las cadenas perpetuas para miembros de la mafia.

Según un estudio de la Universidad de Palermo, la Mafia exige un pago de 59 euros al mes a vendedores callejeros mientras la cifra sobrepasa los 700 euros cuando se trata de restaurantes y hoteles. Y aunque casi el 90 por ciento de las empresas paga el impuesto ya hay federaciones que han acordado plantarse. Poco tiempo después del arresto del capo de capos Bernardo Provenzano, el pasado año, Cofindustria votó unánimemente que expulsaría de su asociación a cualquier miembro que tributara a la Cosa Nostra.

Su voto era un apoyo a Andrea Veccio, un empresario de la construcción que comunicó a la mafia que ya no pagaría más. Desde su decisión ha recibido cuatro amenazas de muerte y dos de sus construcciones han sido saboteadas.

Así funciona la mafia, los últimos dueños de una ciudad maleada por demasiados patrones en su historia. Los mafiosi –hombres de honor- no han dejado una estatua en la antigua Zyz que les rinda tributo pero son quizá la seña de identidad más notoria que ha ofrecido el pueblo siciliano al mundo. Son hombres que resuelven sus asuntos como algo propio, como “cosa nostra”.

El comité Addiopizzo, Cofindustria y otras voces esparcidas por toda Sicilia podrían significar el principio de un cambio. Quizá es tan sólo el viejo motor de la isla, el cambio por el cambio, como afirmó Giuseppe di Lampedusa en su famosa novela El Gatopardo: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”.

El arresto de Bernardo Provenzano, el 11 de abril de 2006, ha sido el último de estos cambios. Quizá sea tan sólo la penúltima sacudida de la ciudad de Palermo y de la isla de Sicilia en mitad de su historia.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Universos paralelos

España 61 - Rusia 60.
Gasol, MVP.
Navarro, Gasol, Calderón, Jiménez y Bargnani, quinteto ideal.
Kirilenko deja el basket y vuelve con sus padres a Siberia.
España, campeona del Eurobasket 2007
Gracias, Ovi (Wan Kenobi).

jueves, 13 de septiembre de 2007

Venice

AL PARECER, Venecia fue una ciudad limpia en la que –o sobre la que- los niños, allá por el siglo XX, jugaban en sus canales. Tripulaban barcos de madera y fantaseaban con invadir la capital del Véneto, algo improbable en los tiempos que soñaban, pues el enemigo, desconocedor de que Venecia se encontraba rodeada de lagunas de bajo fondo, encallaba fácilmente antes de avistar siquiera el Palacio Ducal o la Iglesia de la Saluté.
Más tarde, y ante la mirada de niños y de ancianos, de los teatros, las iglesias y el tiempo en las paredes, le hicieron a Venecia otro canal. Y a pesar de que era un canal válido y serviría para la nueva refinería, fue un canal no querido, un poco como quien tiene un hijo por tenerlo, quizá porque es obligado concebirlo. Le hicieron el harakiri a Venecia, pues, la abrieron en canal, por decirlo en el idioma imaginario de las góndolas y los gondoleros.
Venecia se volvió entones sucia y se rodeó por su flanco noroccidental de la industrial Marghera, toda llena de refinerías y otras factorías de la polución. Factorial ella misma, vio multiplicar las chimeneas, los palos y los tubos metálicos: Porto Marghera. Y a los pies de ésta creció otra ciudad que en poco se parecía a Venecia, le daba la espalda en lo estético y la respaldaba en lo tétrico. Era Mestre.

***

Para ver la suciedad de Venecia hay que mirarle cara a cara. Sostener con el canal un duelo de miradas. Y si lo pierdes, y dejas de mirar el agua, o lo que sea eso, y ves la ciudad en su conjunto, Venecia ya te ha ganado para su causa. Entonces te animas a perderte tú mismo por sus calles, pides un spritz, te vuelves a perder, pasas de un barrio a otro sin saber si ingresas en el que ya estabas o abandonas aquél por el que creías vagar. Te pierdes otras mil veces sin encontrar un minotauro o la razón por la que se hace tan bello enredar el camino en medio del mar, porque estás en medio del mar, la Atlántida no está perdida, simplemente olvidaron recordar sus coordenadas. Te pierdes tanto que acabas por olvidar lo que buscabas, que creo que era un lugar donde poder seguir de juerga, donde tomar otro spritz mientras oyes el balanceo del dialecto italiano del Véneto. Entonces, cuando parece que ya no queda otra salida que encontrar de verdad la salida, te encuentras, de bruces, con el Venice Jazz Club, un club de Venecia que, como también explica su nombre, se hunde con la ciudad mientras extrae las últimas notas con un poco de Dizzie Gillespie y de gente de ese tipo o condición. Dentro de cien años, cuando la última gota rebase el Campanile de San Marcos, los músicos del bar se dirán eso de “Fue un placer tocar con ustedes”.


***

En el Venice Jazz Club unos tipos de nombre italiano tocan música de tipos con nombre americano: Gillespie, sí, y Goodman, Corea, Marsalis y otros, conozco después. Un espectador muy especial, el número 16 de los 20 ó 25 que estamos en el local, mueve sus pies y manos con gracia y se arranca a aplaudir siempre el primero. Unas gafas gruesas y unas cejas más gruesas le hacen parecerse a Moe Greene antes de morir en El Padrino. Vuelve a aplaudir antes de salir al canal en el descanso. Le pregunto si le parecen buenos los italianos. “Bravo, bravissimi, numero uno”, me dice. Se atropella, salta de tema en tema por estrechos puentes de madera. “Wynton Marsalis, numero uno. Sonny Rollins, ah, lo conoces?, bravo, bravo. El Lido, ¿de dónde eres? Español?, bravisimo”. Me cuenta que él no sabe una palabra de español pero que me entiende mejor que un español. En cada breve pausa aprovecho mi turno, y conozco que es de Sicilia, de Siracusa, que ama el jazz sobre todas las cosas, que tiene él también un ritmo especial, disonante, o así, que ha estado en Madrid y Barcelona, no se moja, no sabe decir cuál es mejor, él es de mar, viene de Siracusa y vive en Venecia, en el Lido, “Jude Law es bajito, sí, piccolo, como tú, no, más piccolo que tú, tú no tan piccolo, Johnny Depp sí que es como tú, pero bravo, grueso, me dice, con porte, lo he tenido cara a cara, vivo en el Lido, el jazz, sólo compro jazz, no sé por qué vivo en el Lido, me queda lejos de la Refinería, trabajo en Marghera. Vamos dentro, vuelven a tocar”.


***


El concierto termina y el Venice Jazz Club se traga las últimas notas de música en la ciudad. Venecia es un pergamino arrugado de calles vacías y oscuras en las que se lee con dificultad los letreros que te llevan de vuelta a la Ferrovia, al comienzo del laberinto, donde tu hotel consigue trazar una fina frontera que deja a un lado lo práctico y racional y al otro el ensueño y la imaginación. Ambas se juntan en tu sueño y los niños, allá por los años 30, vuelven a jugar por siempre jamás con barcos de madera.

martes, 28 de agosto de 2007

domingo, 26 de agosto de 2007

Brothers in arms

Dicen que un millón de británicos vive ya en España. Muchos parecen, especialmente si se tiene en cuenta la cantidad de ruido, pis y cerveza que destila una jauría de ese tamaño.
Un millón de británicos espolvoreados por España, así, como quien echa la sal en la pasta, siguen siendo muchos británicos y digo yo que un fenómeno así tendría que sentirse en la Costa del Sol o en Ibiza, sí, pero también en Cuenca, Teruel y otras ciudades que sólo existen en la fantasía popular del español medio.

Además, un millón de 'Rooneys' menos en el Reino Unido se sentiría en las calles de Londres y sus alrededores. Pero aquí sigue habiendo la misma cantidad de descerebrados, payasas y demás fauna sajona, según cálculos personales. La cifra de esta presunta fuga de cerebros me parece exagerada.

En todo caso, cuando el río suena es que británicos lleva. Paralelamente, y si tú me dices que cerca de un millón de británicos disfrutan ya de España, yo te cuento que unos cinco millones de españoles viven ya en Londres. Malviven. Lo que estamos viendo aquí es un clarísimo caso no de fuga sino de intercambio de cerebros. Millones de masas encefálicas (y sin el ence) van y vienen de un país para otro en un hermanamiento que no tiene parangón en la historia de ambos países. Hijos de la Gran Bretaña, los unos. Hijos de la Armada Invencible, los otros.

Un proceso que significará, allá por el año 2020, el intercambio físico de estas dos grandes naciones.
Reino Unido será entonces un país poblado por españoles con una minoría de indios, británicos e italianos. El español, que había venido a conquistar el mundo por la vía del idioma, acabará conquistando Bretaña, la gran isla de la campiña y las isobaras por los suelos. Como pueblo de conquistadores que somos, será lindo confiscar este cacho de césped. Aunque eso es precisamente lo que querían los británicos, desprenderse del país que no ve el sol de octubre a marzo.

Por entonces ellos tendrán a su disposición el Levante, la huerta murciana, la Costal del Sol, por supuesto, y comerán pescaíto and chips en Cádiz por media libra. La capital será Gibraltar y la Moncloa será reconvertida a macrodiscoteca. Portugal, ahora que la Península es británica, se anexionará a Spain y el País Vasco y Cataluña obtendrán su independencia. Sin embargo, habrá grupos terroristas que reivindiquen su anexión a Spainland. Los britiñoles, muy aislacionistas ellos, dirán que nanai o que no hay mus.

Un dato farandulero: Isabel II de Inglaterra pasará sus vacaciones en la Isla del Perejil.

Clark Kent García, parapsicólogo.

viernes, 24 de agosto de 2007

8. Ampliación


Londres, 19 de octubre. 21.47.

El Director Ejecutivo de la Compañía de Seguros Swiss Re, David Mulligan, fue encontrado muerto esta tarde en la orilla del río Támesis, sin que se puedan precisar aún las causas de su muerte, informan fuentes policiales.

A pesar de que el jefe de Scotland Yard, Peter Beardsley, evitó hacer declaraciones estas mismas fuentes descartaron que Mulligan hubiera sufrido un accidente o hubiera fallecido después de un suicidio, con lo que la alternativa del crimen se convierte así en la primera hipótesis que baraja la policía.

Mulligan apareció muerto a las 21.25, cuando apenas quedaba visibilidad, en el tramo del Támesis que va desde el Chelsea Bridge al Vauxhall Bridge, enfrente de la popular Battersea Power Station.

La policía investiga en estos momentos si la muerte de Mulligan guarda alguna relación con un suceso que protagonizó el propio directivo de Swiss Re una hora antes en la cadena de supermercados Sainsbury’s.

Según testigos presenciales en el supermercado, el ejecutivo no pudo realizar su compra después de que una de las cajeras no autentificara la firma con la tarjeta de crédito que él mismo le había entregado y se marchó sensiblemente disgustado del local, entre insultos y acusaciones.

La compañía de seguros, que había colgado un escueto comunicado en su página web después del incidente, prefiere no pronunciarse aún acerca de la muerte de su Director Ejecutivo y ha convocado una junta urgente para mañana a primera hora del día.

Mulligan era conocido en el mundo de las aseguradoras como “Tiburón” (Shark) y protagonizó varios casos controvertidos en la década de los 90 relacionados con la compañía British American Tobacco.

El hombre de negocios inglés se desenvolvió a su vez por la noche londinense y tuvo un juicio por deslealtad a la Corona Británica en el caso conocido por la prensa inglesa como “David Sucks”.

El Tribunal Superior Británico condenó a Mulligan por desacato a la Corona tras afirmar en un periódico que a los ingleses no les gustaba la monarquía “desde que la Reina la chupaba”.

Fue la propia Reina, sin embargo, la que decidió indultar al entonces joven ejecutivo después de que el propio Mulligan se retractase de sus palabras.

Mulligan era el padre de David Mulligan, de 30 años, y de Amelda Núñez, de 11, niña filipina adoptada con su ex mujer Anna Bliss, de quien se divorció a principios de este año.